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Súper héroes

El otro día estaba haciendo zapping en tv. De repente vi a un chaval que aparentaba unos 15 o 16 años, de espaldas, como con un súper traje. El chico iba flanqueado por un agente de policía a cada lado. Mi primera impresión casi subconsciente fue pensar:

“¿por qué están deteniendo a ese súper héroe?”

Y es que la verdad que esa vestimenta, incluso sus andares, esa energía (hasta de espaldas), eran de alguien que había conseguido una proeza.

Ese chaval se había metido cerca del motor de un barco, viajando solo, encaramándose hasta cruzar el estrecho para llegar a eso que llaman primer mundo. Sin pensar qué pasaría si se cae y va directo a las hélices. Sin pensar en si lo que prometen será o verdad o no. Impulsado por la seguridad de que sea lo que sea será mejor que lo que deja atrás. Y cuando los policías le pusieron en la silla se podía ver todo aquello. Tan sólo un niño, valiente, pero muerto de frío. Con su vestimenta que era solamente un traje de neopreno. Un joven héroe tiritando.

Yo nunca vi un inmigrante en esa imagen. Sólo veía un alma muy valiente, alguien que merece una oportunidad como las que yo exijo tener. Alguien muy diferente a mí, sí. En el aspecto de que es un súper héroe sólo por su empuje. Alguien al que querer abrazar. Una de esas personas que rompen con todo con tal de hacer algo extraordinario.

Él declaró ser mayor de edad, por lo que fue deportado de vuelta a África. Ni los agentes, ni yo como espectador, creímos nunca que tenía 18 años. Pero eso da igual. Si yo fuera un mandatario querría que toda esa gente valiente hiciera país conmigo. Porque las banderas sólo sirven para separar, ojalá pudiera darte las oportunidades que mereces, amigo, desconocido. Ojalá fuera ese agente para abrazarte. Ojalá fuera ese poderoso para acogerte.

Ni yo ni tú somos números. Por más que se empeñen.

Y aunque no creo demasiado en las religiones, si en algo estoy de acuerdo, es que tengo un hermano. Un hermano valiente. Ojalá pudiera presumir de ti cerca y que descubras todo lo que puedes darte y darnos.

Por Román Reyes